lunes, marzo 28, 2011

La Teoría del Ciclo Amoroso - El Auge

Incontables e innumerables páginas me han obligado a estudiar sobre el ciclo económico. Después de todo, afecta directamente los aspectos más prácticos de nuestra vida: costo de los bienes, empleos, ofertas salariales, accesibilidad al crédito y miles de otras cosas aburridísimas, pero necesarias. Así que, siempre que veo la sección económica del periódico, más o menos entiendo de lo que me están hablando, ya sé cuál etapa sigue, más o menos cuándo va a durar, y si lo que viene es la mejor o peor parte. Igual sabes que nunca va a acabar, pero tienes oportunidad de planificarte, ir un paso adelante y adaptarte.

Hoy, sola en un hotel, con el corazón medio roto—no digo completamente roto, porque conservo un poco de lucidez para entender que pudo ser, y de hecho ha sido, peor—obviamente no me queda más que meditar sobre mis tropezadas experiencias amorosas. Tanto lo he analizado (sola en un hotel, ¿ok?), que finalmente me di cuenta de que, tal cual la mejor teoría ganadora de premio Nobel, el amor, oh cochino entrañable amor, no es más que un eterno ciclo.

Mi sobredosis de galletas Florentinas con sabor a fresa, cortesía de Air Panama, me permite entender que en el amor se viven exactamente las mismas etapas del ciclo económico. Y como a mi me encantan las descripciones con bullets, procederé a darme este gustito a continuación:

Auge: Sí, sí. Vas feliz por la vida. Ya sea porque nunca has vivido el desamor, o porque ya se te había olvidado. Este es el momento cumbre de la felicidad. Revoloteas por tu existencia sin preocuparte por nada ni por nadie. Tú corazón, simplemente por estar sano, puro, limpio, feliz, se encuentra con otro corazón afín al tuyo.

La clásica y vívida ilustración de este momento la vi hace un par de noches en Marea. Yo tomaba sangría con dos amigos, luego de ver “Amigos con Derechos”. Trataba de sacarme la ridícula idea de mi cabeza de que dentro de seis semanas mi ex novio tendrá una maravillosa epifanía en donde se dará cuenta de que no puede olvidarme, de que me ama con locura, con cada uno de mis defectos, y vendrá corriendo a buscarme. Por supuesto, no sin darme la satisfacción de llamarme antes para que yo pueda darme el pequeño lujo de rechazarlo y hacerlo arrastrase un poco.

Me bebía mi sangría como quien quiere beberse una idea enfermiza y mala para luego botarla fuera de su cuerpo convertida en lo que en realidad es: ¡mierda! Escuchaba a dos de mis amigos, los cuales están en la misma etapa del ciclo que yo. Miro a mi alrededor, como siempre, para ver el panorama, y mi vista se detiene en una interesante, emotiva y tierna escena de auge amoroso: una mesa con una pareja.

La chica, linda, con vestuario no muy casual, no muy formal. Un clásico sueter blanco, jeans y botines. Maquillaje suficiente para encantar a su cortejante sin hacer pensar que se esmeró demasiado en ello. Él, con atuendo casual también, pero aquel que deja claramente establecido “tengo status, recursos y además soy guapo”.

--Seguro que tiene un Audi—se atrevió a asegurar Rauli.

Ambos tomaban Coronas, uno frente a otro, conversando y sonriendo despreocupadamente. Eran tan estéticamente perfectos y se veían tan armónicos juntos que no pude pasarlos por alto e imaginarme una pequeña historia en mi cabeza.

Ooooh, éxtasis, felicidad, optimismo. Pensemos en la chica de Marea. Si es nueva en el ciclo, en ese momento ella estaba comprobando que existe la magia, el destino, Dios, los ángeles y San Antonio.

Pero lo más probable es que la chica Marea ya ha pasado por uno o varios ciclos. Tomando su cerveza se reía para sí misma, convencida de que la vida la estaba premiando, finalmente, por tanto sufrimiento, llanto derramado, tanto sapo besado. Es que después de la recesión, depresión y recuperación tenía que llegar algo muy bueno.

--Mírenlos que felices—dije. No tardará en dejarla en su casa y darle un beso. Ella le mandará un BlackBerry chat a alguna amiga a contarle que su cita fue un éxito, que él besa muy bien y que se divirtió mucho. Se llamarán, se volverán a ver un rato en la semana, se verán el fin de semana, se enamorarán…

Corazón y corazón se unen por siempre en una caricia del alma (aquí cito a los sabios Huevos Poetas). Se juran amor eterno, porque “esto nunca antes lo había sentido tan intensamente”. Hacen planes para el futuro, se complementan perfectamente. El mundo no existe, las horas se pueden exprimir hasta el último segundo, las llamadas nunca son muy largas, no hay lugar aburrido, ni conversación donde no se deje estipulado, entre líneas, que “porque es que pasaremos el resto de nuestras vidas juntos”.

La gente los felicita, los envidia, quieren también formar su propia burbuja de amor… Pero burbuja, como tal, corre el riesgo de reventarse…

miércoles, marzo 23, 2011

¡Los treintas NO son los nuevos veintes!

Helos allí, a punto de encontrarme. Tres décadas se me vienen encima sin saber dónde contenerlas. Treinta años consistentes de pedacitos, de momentos, de segundos que pasaron por, más yo no por todos ellos.


Sí, tengo treinta años. Y que nadie me diga que los treinta son los nuevos veintes. Los veintes están llenos de inmadurez, caprichos, confusión, irreverencia. Los veintes para mi significaron tropezarme una, dos, tres, incontables veces con la misma piedra. Fui terca, fui perezosa, elegí la diversión en lugar del deber y fui niña con la excusa de “tan sólo tengo 20 años”. A los veinte no tenía una carrera, un trabajo soñado, un deseo certero de algo que no fuera saber cómo complementar la diversión con el cumplimiento de mis obligaciones.

No me arrepiento ni un poquito, cada chiquillada que cometí me enseñó a ser la mujer en la que me he convertido hoy. Cada persona que se topó en mi camino y viajo conmigo montada en el mismo “vagón de los veinte” me dio vida, alegría, tristeza, desesperación, decepción, fascinación, crecimiento y un torrencial de emociones que no caben en una sola década.

Me insisten, ¡ pero si los treintas son los nuevos veintes! Pero, ¡es que no! Yo no quiero tener veinte. Ni quiero que me digan que estoy en los “nuevos” veinte. No necesito renovar mis veinte años. Mi edad no es una visa a punto de expirar, si no un pasaporte abierto a vivir cada segundo de mi existencia con madurez, calma y control, pero a la vez con calidez y una pasión que sale del fondo de mi corazón y que no riñen ni ignoran a mi cabeza.

Ahora puedo hacer todo lo que hacía a los veinte años, pero mejor. Puedo viajar sin tener que escoger entre tener una buena cena o comprarme un lindo recuerdo. Puedo tomar cócteles y disfrutarlos, no beber tragos como si se fueran a acabar de un momento a otro. Puedo conversar con quien sea sobre el mundo entero, en lugar de hablar con mi grupito de siempre sobre trivialidades. Puedo amar con gran pasión y duradera sensualidad, en lugar de enamorarme con efímera locura.

Y siendo aún más vanidosa, tengo el mejor cuerpo que he tenido en mi vida, porque tengo el conocimiento y la conciencia para cuidar mi salud.

Sí, tengo treinta. Son los treinta que siempre han existido, los treinta que han vivido y viven miles de personas, pero son nuevos para mí. No me he casado, no he tenido un hijo, no he escrito un libro, no he sembrado un árbol, pero tengo aún tiempo para hacerlo y realmente aún no tengo demasiada prisa en ello.

Así es, yo tengo treinta. Pero aún así me gustan las fiestas, los videojuegos, reírme de tonterías, tirarme en la arena y desentenderme de vez en cuando de lo que pueda suceder en el futuro o lo que pase en el resto del mundo.

Ya pasaron mis veintes y los usé para explorar todas las posibilidades que me dio la vida en ese momento. Ahora tengo treinta y mis sentidos, cerebro y espíritu están mucho más desarrollados para gozar con aún más intensidad, vehemencia y cordura todo lo que me depara esta década.

Algunos momentos que pasaron por mí a mis veintes, fueron como relámpagos. Rápidos, intensos, golpeándome con tanta luz que me quedé ciega. No quise ver, no quise aprender. Más de un corrientazo eléctrico tuve que recibir para aprender las premisas más básicas de la vida. Incipiente, voluble, antojadiza, irreverente, sí, lo fui. Pero son rasgos que van normalmente asociados con los veintes, o por lo menos con mis veintes. ¿Ahora que me espera a los treinta? Si Dios me lo permite, lo sabré todo dentro de diez años, y estoy lista para atesorar cada segundo bueno, bonito, feo y malo de mi nueva y maravillosa década. ¡Mis treinta años!

martes, marzo 16, 2010

¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar?

Sin duda, lo primero. El trabajo es importante, necesario, vital, inevitable. Hasta aquellos felices seres mantenidos tienen como trabajo mantener contento a su benefactor. Un trabajo muchas veces nos define, nos identifica; y hay una muy delgada línea entre que nuestro trabajo deje de ser lo que hacemos y se convierta en lo que somos.

En mi caso, mi historial laboral ha sido tan variado, tórrido y tormentoso que podría compararlo con mi historial de relaciones amorosas.

Primer Acto: El Ministerio

Fue fácil de conseguir, fácil de manejar. No era nada y yo al principio pensaba que era lo máximo. Me pagaba de muy mala manera, pero eso me bastaba y me sobraba. De todas maneras, no me exigía mucho, así que no importaba. Pero una vez pasada la emoción de estar viviendo una nueva experiencia, comencé a aburrirme. Además, me comenzó a parecer muy poco lo que recibía. Vi que a mi alrededor había opciones más importantes e interesantes, y en donde podrían aprovecharse más mis talentos. Así que me busqué otro, lo cual fue tan fácil como ir por pan a la tienda.

Segundo Acto: The PR Agency

Estaba segura de que, al haber tenido mi peor-es-nada, ya estaba caminando por la senda que me llevaría directo al éxito. Mi seguridad se disparó al cielo y empecé a hacer planes y tomar decisiones. Las discusiones y argumentaciones no tardaron en llegar, junto con la frustración por "no ser valorada ni entendida". Al ver terminada mi luna de miel, nuevamente me busqué otro.

Tercer Acto: La Agencia de Publicidad

Era demasiado divertido. Las fiestas y reuniones sociales no paraban. Abrió mis ojos a un mundo que no conocía: el del arte aplicado a la comercialización. Me enseñó a tutear a todos aquellos a quienes antes yo les hablaba de "usted", a desechar los sacos formales y a añadirle pulgadas a los tacones de los zapatos que usaba para la oficina. Aprendí que las reglas y procedimientos te ayudarán a automatizar y explicar las cosas, pero nunca te harán brillar. Vi y conocí mucha gente, y comencé a ser vista. Me convertí en una especie de esposa dedicada/amante cautiva/prostituta de burdel haciéndole creer a todos y cada uno de mis clientes que eran el único, el más grande, el más importante, el mejor. Me vi forzada a crear la ilusión de que era cinco mujeres en el cuerpo de una, con el fin de poder complacer a todos.

Lástima, también me enseñó a ser superficial, a pensar que la importancia de "quién eres" estaba ligada a "qué estilo de vida llevas" y a pensar que necesitaba más cosas para poder sobresalir. Esta necesidad me llevó a decir inmediatamente que sí cuando otro tocó a mi puerta.

Cuarto Acto: La Empresa de Tecnología

Fue el más corto, pero el más intenso. Me hizo sentir muy grande, y también muy pequeña. Por primera vez tuve logros y fracasos totalmente míos. Lo tuve todo: entusiasmo, expectativa, alegría, confusión, lágrimas y rabia. Me subió el status, y me dio cosas que ningún otro me había dado. Pero todo lo que puse allí ya lo había hecho antes. Si me enseñó algo, fue a manejar mis emociones en un entorno totalmente ajeno a mi mundo personal, y a enfocarme en metas en común. Tantas emociones terminaron por desgastarme, así que, una vez más, me fui con otro.

Quinto Acto: El Periódico

No he cerrado este capítulo, ni me siento lista para ello. Me ha dado vida, valor, coraje, determinación, grandeza, éxitos, tristezas, vacíos. Me ha hecho tan fuerte e independiente que un día me di cuenta de que ya yo no estaba en mi trabajo, sino que mi trabajo estaba en mi; lo cual me hizo inmune a cualquier cosa que me dijeran—o no me dijeran—quienes no estaban allí para vivirlo conmigo. Y además de eso, me dio una familia. Familia cuyos miembros han tomado su camino, por lo que yo estoy por hacer lo mismo.

¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar? Luego de pocos, pero intensos años como mujer profesional, sé que la respuesta es y no es simple. Trabajar para vivir, sí. Pero trabajar con alegría, con pasión, con el deseo de ser grande. Y para vivir bien, dándose gustos y contenta por lo que has logrado y lo que haces.

Definitivamente todavía no estoy lista para cerrar mi actual capítulo, pero vaya que me muero por abrir el próximo, teniendo la eterna pregunta en mente: ¿Será este "the one"?


 

miércoles, enero 06, 2010

Los Tres Reyes Silvestres

Por ahí ronda un chiste, entre gracioso y cruel, de qué podría haber sucedido si los tres sabios personajes que fueron a adorar al niño Jesús hubiesen sido mujeres. Como mi imaginación es muy volátil, yo me imagino qué hubiese pasado si los Reyes Magos hubiesen sido políticos panameños.

Diría la leyenda que tres sabios gobernantes panameños fueron elegidos de "a dedo" por el presidente para hacer una visita diplomática a un niño. Un bebé nacido en un país muy lejano y de quién decían era el Rey de los Judíos. Sus nombres eran Gaspar, Melchor y Baltasar.

En cuanto se enteraron de su designación, decidieron reunirse en el Salón Amarillo del Palacio de las Garzas.

—Bueno, Señores, hemos sido encomendados en esta importantísima misión, y obviamente no podemos llegar con las manos vacías—comenta Melchor—. Debemos llevarle a este niño regalos que nos permita mantener buenas relaciones diplomáticas y tener derecho a solicitar milagros en un futuro.

--Pues pensemos en algo a la altura de este futuro Dignatario—pide Baltasar.—Gaspar, tú que tienes experiencia en relaciones públicas, ¿qué sugieres?

--Me alegra mucho que me hayan preguntado.—dice Gaspar mientras se pone de pie y se acomoda la túnica.—Les tengo el regalo ideal, un regalo magnífico que le brindará largas horas de risa y diversión no sólo al niño Jesús, sino también a sus amiguitos y vecinitos del barrio de Belén. ¡Vamos a llevarle una piscina inflable!

Mientras Gaspar dice esto, levanta las manos hacia el cielo, sonríe y mira a sus Melchor y Baltasar con cara de segura alegría, y esperando en respuesta miradas de aprobación. Melchor mira a Baltasar, Baltasar mira a Melchor, mira a Gaspar, vuelve a mirar a Melchor quien voltea a mirar a Gaspar; finalmente Melchor y Baltasar se miran fijamente, hasta que finalmente Baltasar exclama:

--Gaspar, no me parece útil llevarle una piscina inflable a un bebé recién nacido, que no sabe ni caminar. Además vive en un establo, su mamá está desempleada y su papá es carpintero. Y la poca agua que tienen la sacan de un pozo. Creo que debemos pensar en otra cosa.

--Pues si lo quieren ver por ese lado…Déjenme ver entonces que podemos ofrecerle…—responde Gaspar, mientras camina por todo el salón con una mano en la barbilla y otra en la espalda, en claro gesto de meditación.

Luego de algunos minutos, se detiene en seco, y exclama nuevamente con alegría:

--¡Ya sé! Ahora sí la vamos a botar. Vamos a invitar al niño a venir a Panamá, para sea el protagonista del primer nacimiento en vivo de la historia, ¡romperemos el record Guinnes! Podemos hacer una parada y, además, invitar a todos los canales nacionales e internacionales para que cubran el evento…

Gaspar no puede terminar la descripción de su magno evento, porque Melchor lo interrumpe.

--Pero, Gaspar. A este niño lo está buscando Herodes para matarlo. ¿¡Cómo vamos a exhibirlo ante una multitud y a invitar a las televisoras!?

--¡Bueno pero ustedes todo lo critican!—chilla Gaspar- ¿Acaso no quieren que el niño Jesús disfrute de la Navidad? ¿Por qué no me dejan trabajar?—pregunta, con los ojos llorosos.

--Sabes que, mejor ya no sugieras nada y busca tu pasaporte que ya nos vamos—interviene Baltasar.

--¿Cuál de los dos?

--El legal Gaspar, ¡el legal!—le responden a coro.    

Mientras Gaspar sale a buscar su pasaporte oficial, Baltasar y Melchor conversan:

--¿Y cómo llegaremos, si el bebé está oculto?—pregunta Baltasar.

--Tengo instrucciones de seguir una estrella—responde Melchor

--Imposible, con el humo negro que emanan los diablos rojos jamás podremos divisar ninguna estrella.

--Entonces lo rastrearemos por google latitude. Iremos en el avión presidencial.

--No hay avión presidencial.

--Pero, ¿no lo donó Taiwan?

--Primero sí, después ya no. Ahora no se sabe.

--¿Y el avión viejo?

--Lo están usando para llevar a la ganadora de Vive la Música a Disney.

--Nos tocará tomar un vuelo comercial, ni modo. Llama un taxi para ir al aeropuerto.

--No hay taxis, están en huelga. Se quejan porque en tan sólo tres años no han podido pintar los vehículos de amarillo, y solicitan otra prórroga.

--Ah caramba. Vayamos en metro pues.

--Eso no existe.

--Pero si yo he visto el logo. He hablado con los miembros del Comité del Metro. ¿Cómo que no existe el Metro de Panamá?

--Sí, hay todo eso, menos el metro. El metro estará listo dentro de diez o veinte años.

--¿Cómo alguien se trasporta en este país entonces? ¡Pues iremos en taxis piratas, pero nos vamos ya!

Una vez solucionados los inconvenientes, los tres sabios parten con rumbo a Belén, acompañados por una delegación de 42 personas. Tienen como fecha de cortesía de sala el 25 de diciembre pero, como hicieron una escala en Tel Aviv para ver un concierto de electrónica y hacer algunas compras, llegan el 6 de enero.

La delegación panameña ofrece al niño Jesús como regalos un título de propiedad de una tierra que no es del gobierno panameño, una canasta de mangos y una botella de Ron Abuelo añejo. María y José los reciben con alegría y humildad, sin quejarse por la cantidad exagerada de gente no invitada, y sin criticar el hecho de que hayan colocado la bandera de Panamá al revés a la hora de tomar las fotos oficiales.

Una vez finalizado el acto protocolar, Gaspar se toma fotos con el niño Jesús y la sube a su Facebook, Melchor saca a bailar a María y Baltasar conversa sobre política con José.

Al retirarse, ya con la satisfacción de haber cumplido su deber y dejado en alto el nombre de Panamá, van conversando.

--Estas jorobas de estos camellos me están matando—se queja Gaspar—. Debieron dejarme alquilar los carros descapotables, como lo sugerí.

--Deja de quejarte y acelera el camello, o no regresaremos a tiempo para carnavales—dice Melchor.

--Después de todo, ¿a ese bebé quién lo nombró el Mesías?—pregunta Baltasar—. Porque yo tengo un ahijado. Juditas, se llama. No es muy santito, pero seguro algo podemos hacer para que ocupe ese puesto…

martes, diciembre 29, 2009

¿Qué hay para Año Nuevo?

Ya lejos de los sentimientos de tristeza o nostalgia que provoca la Noche Buena, a partir del 26 de diciembre la pregunta de rigor entre contemporáneos es: ¿Y que hay para Año Nuevo? A esta frase, que en estos momentos es repetida casi a coro a lo largo de la ciudad, y multiplicada de muro en muro a través de facebook y twitter, le sigue—en el 70% de los casos—la temida respuesta: "No sé, pero si haces algo ¡avísame!"

Parece que atrás quedaron los tiempos en que los jóvenes iban a la fiesta de fin de año en el Figali, y sus papás (aquellos que sabían que no tenían por qué quedarse en casa) iban al Hotel el Panamá. O estos clásicos no han resultado muy rentables este 2009, o no merece la pena despedir el último año de la década (la década de los 00's?) con una magna celebración.

Sea como fuere, al igual que el año pasado, y el anterior a ese, la disposición está, pero los planes concretos no. Gastadas están las noches en discotecas con "tributos bailables" que puedes encontrar durante todo el año a un tercio del precio del que está la entrada la noche del 31. Algunos señuelos como "champaña"—algún día escribiré sobre la publicidad engañosa—gratis y pre-venta "limitada" no son suficientes.

Mientras pocos afortunados seres pasarán su última noche del 2009 en Las Tablas o en la playa, los que por alguna razón debemos quedarnos en la ciudad no tenemos mayores opciones.

Buena idea tuvo la Junta de Carnaval a hacer una comparsa con las candidatas a reina y recibir las 12:00 m.d. en Plaza Edison, invitando a los asistentes a ir vestidos de blanco (ojo que escribí buena idea, no original idea). Triste realidad que aquí en la ciudad no se puede hacer nada gratis sin que llene de maleantes, borrachos y seres silvestres que dejen claramente establecido que, siendo una ciudad tan pequeña, no podemos convivir armoniosamente una noche como se haría en Río de Janeiro. ¿A qué me refiero con esto? A tipos orinando en las esquinas, grupos de hombres gritándole cualquier barrabasada a grupos de chicas que quieran ir a disfrutar de la actividad, peleas callejeras y tumultos de gente corriendo desaforada porque se reventó una llanta y todos pensaron que era una bala perdida.

Aquí sobran los artistas, paisajes, infraestructuras y mentes creativas con la capacidad de organizar un evento único, divertido y diferente, que nos hagan esperar con ansias la noche del despedida del año sin salir de la ciudad. Imaginémonos un evento de fin de año en las escalinatas del Administration Building, haciendo una cuenta regresiva como la que tuvimos el día de la reversión del canal, sentados en la grama con nuestros seres queridos y un cooler lleno de champaña (real o de mentira). O una alegre tuna recorriendo el causeway, celebrando hasta el amanecer y apareciendo como fondo de las fotos el Puente de las Américas.

Qué probablemente haya que cobrar un cover y eliminar mi amado reggaetón de la cartelera musical para que la gente que acuda se comporte, pues sí. Pero valdría totalmente la pena intentarlo.

martes, diciembre 22, 2009

Llega Navidad, ¿y yo? Sin Ti.


No recuerdo bien cuál fue el último año en el que contaba con ansias los días para que llegara el 25 de diciembre. Creo que fue en 1989, el año de la invasión. Yo tenía ocho años, pero ya mis papás habían optado por desvelarse como mis auténticos benefactores y únicos responsables de todas las cosas que había debajo—y sobre, y alrededor—del arbolito. Aún así, el hecho de que mis regalos fueran producto del décimo de diciembre, y no de los duendes del polo norte, no descartaba el hecho de que yo tenía que esperar hasta la mañana del 25 para abrirlos todos.

Mi cuenta regresiva ya iba por menos cinco, cuando una madrugada me despierta mi mamá y me dice: "Laury, mañana no hay clases". Entre dormida y despierta, asentí y me volví a tapar hasta la cabeza con la manta. No fue hasta el día siguiente que supe el motivo, y aún 20 años después no logro dilucidarlo del todo.
Con mis inesperadas vacaciones (por alguna razón que no recuerdo aún en pleno diciembre yo apenas iba por el tercer bimestre) la urgencia por abrir todos mis juguetes fue mayor. Sin embargo, me distraía jugando con mis vecinas y los juguetes que los vecinos decidieron repartir un día, producto del saqueo. Mi ecuación de Espíritu Navideño era Saqueo=Compartir.

Ya sin más, una noche del 23 de diciembre, todos los vecinos del edificio, mi mamá y yo nos reunimos a brindar en la escalera (grandes con ron ponche, pequeños con soda) y a celebrar la Navidad anticipada. Con ello los papás dieron luz verde a que los niños abrieran sus regalos. Así, sin mayores pretensiones ni grandes banquetes, dimos gracias a Dios por estar bien y juntos, en medio de tanto caos e incertidumbre, y celebramos de corazón la llegada del Niño Dios.

Esa es la penúltima auténtica escena navideña que recuerdo.

Este año, al igual que muchos otros anteriores, la Navidad sigue significando urgencia, pero por otras cosas igualmente banales. Urgencia por cobrar los ahorros de Navidad y comprar todos los regalos a tiempo. Ansias por comer galletas, dulces y chocolates. Premura por bajar algunas libras y verme regia el día de la fiesta navideña. Agobio por querer terminar todo a tiempo en la oficina y poder irme a la una en punto el 24 de diciembre. Angustia porque, sin yo quererlo, en mi pensamiento se cuela la imagen de quien está feliz sin merecerlo (y sin yo importarle).

En medio de mi caos mental y emocional navideño, una querida amiga me recordó: "Pero, Laura, la Navidad es la llegada del Niño Jesús". Y sí, que regalo tan grande sería mantener siempre ese sentimiento en mi corazón y poder compartirlo con quienes me rodean.

Ya casi llega otra Navidad, y aunque no estoy con el mayor espíritu Navideño, puedo empezar este año por dejar de asociar la Navidad con hechos triviales. Y así, poco a poco, cada año me puedo deshacer de mi "Grinch" interno e ir dejándome embargar por el verdadero significado de todo esto: la venida al mundo de Alguien que nos da una verdadera oportunidad de una vida eterna sin urgencias, sin agobio y sin angustia.

Feliz Navidad.

martes, diciembre 15, 2009

En Espera de los Magistrados

Probablemente mañana (tal vez si las compras y agasajos Navideños dan tiempo) anuncien quienes serán los dos nuevos magistrados de la Corte Suprema de Justicia.

Aún en el fondo de mi corazón tengo la esperanza de que se haga una escogencia justa y coherente.

Más que esperanza es fe--certeza de lo que no se puede ver.  No es que Martinelli sea el más atinado en sus decisiones pero, lastimosamente,  si de elección popular dependiera, probablemente terminaríamos votando por Ana María Polo y el Juez de la Tremenda Corte (sí, el de Tres Patines).

¿Amanecerá y veremos?

lunes, diciembre 14, 2009

Boscoholismo Musical

Cada quién hace catársis como puede.  Pedrito Altamiranda, uno de los máximos representantes de la cultura criolla panameña,  lo hace a través de una canción.  Son pocos los personajes que se han hecho dignos de esta distinción (generalmente no merecen el esfuerzo).   Yo sólo recuerdo al ex-presidente Martín Torrijos.

Audio:

http://mensual.prensa.com/mensual/contenido/2009/12/14/hoy/las_pischinas_pedrito_altamiranda.mp3´

martes, diciembre 08, 2009

¿Una Diana para Isabel?


Anoche estaba celebrando el día de las madres con algunos de mis amigos. Debo reconocer que nuestras mamás ocuparon tal vez el 5% de nuestra conversación, y que más bien nos reunimos porque hoy es feriado, y no había que dejar de pasar la oportunidad de tomar algunas bebidas refrescantes que hagan más llevaderas y divertidas las noches de 32 grados de temperatura que estamos teniendo en la ciudad de Panamá.

A eso de las dos de la madrugada, recostada al pie de la ventana del apartamento de un amigo, miraba la media luna anaranjada que destellaba en el cielo entre negro y grisáceo. Miraba la ciudad, linda mi ciudad, pensaba, abstraída de la conversación de los demás. Sólo en esta ciudad puedes tomarte una Balboa bien fría en compañía de tus amigos, ver una impresionante luna encendida sobre tu cabeza, las luces de una pequeña pero muy cosmopolita ciudad a tus pies, y escuchar a lo lejos el sonido de una banda de guerra con tambores, platillos, redoblantes y trompetas.

En ese momento me salí de mi absorbimiento mental. Algo aquí no encajaba, me di la vuelta y miré a mis amigos para ver si ellos escuchaban lo mismo que yo estaba escuchando. Al ver sus caras cuando pregunte ¿están escuchando eso?, pude corroborar que no se trataba de alguna alucinación auditiva. En efecto, le estaban llevando una serenata en modalidad de Dianas a alguna abnegada, trasnochada y tal vez sorprendida madre panameña.

Mientras la mayoría de mis amigos y conocidos recorrieron el mall más cercano en busca de un bonito, pero ya fabricado, regalo que pueda demostrar y retribuir una mínima parte de todo lo que una mamá da desde que sabe que traerá un retoño a este mundo; algún muchacho—apuesto uno de mis cabellos a que no fue una mujer—panameño organizó a sus compañeros de banda para ir a dedicarle tonadas de guerra a su mamá en este día. Y tal vez los preparativos pre-serenata no fueron sacrificio como tal, pero estoy segura que para esa mamá cada nota la embargó de emoción, mucho más que cualquier cosa que este chico hubiera podido comprar y envolver en Albrook Mall.

Si bien es cierto que mi mamá en particular probablemente apreciaría mucho más una serenata clásica cantada por algún trío de guitarra al pie de su ventana, sólo aquí en PTY las madres tienen la oportunidad de escuchar Las Dianas una madrugada de un ocho de diciembre, dedicadas a ellas con orgullo por su hijo y sus amigos. Si en cualquier otra ciudad del mundo alguien intentara ser original y hacer esto, los vecinos inmediatamente llamarían a las autoridades locales al escuchar tales estruendos. Aquí, los vecinos en un radio de 1.5 kilometros de distancia, simplemente interrumpen lo que están haciendo (así sea dormir), y se recuestan de la ventana para escuchar. ¿A quién se le ocurriría enojarse si es el día de las madres?

domingo, diciembre 06, 2009

Conductora Torpe en el Tranque Inteligente


Si pudiera darme un lujo en la vida, uno solo, sería el de tener un chofer. Manejar no me gusta, no se me da. Pero tengo mi licencia, y hago la salvedad de que no la compré.

Yo obtuve mi licencia legalmente. Hice todos los exámenes: el de la vista, el auditivo, el escrito (aquel de escoger la mejor respuesta) y el práctico. Este fue el más fácil. Lo hice en el carro automático de mi papá. Di una vuelta por una barriada aledaña a Pedregal. Me metí en todos los huecos, como si acumulara puntos por cada uno. Me demoré más tiempo del razonable y cuando regresé al lugar del examen me estacioné en diagonal… y mal.

Aún así, me dieron mi permiso de conducir. Reitero, yo no compré mi licencia. A mí me la regalaron.
Y es con esta licencia regalada con la que salgo todos los días en mi carro a aventurarme por las calles y avenidas de Silvestrelandia. Puedo recrear en mi mente lo que es una típica salida desde mi casa hacia, por ejemplo, cualquier lado.

Salgo del edificio hacia mi carro, pero noto algo raro. Me acerco y veo que la lata, que dos horas antes era roja y brillante, está llena de gotitas blancas. Miro hacia un lado e inmediatamente percibo la causa. Mis amigos de la construcción de al lado han salpicado mi carro con pintura. Raspo un poco con el dedo y veo que la pintura sale. No hay nadie de la construcción y soy muy joven para andar agarrando rabietas por gusto, así que entro a mi carro, lo enciendo, pongo el aire acondicionado, mi cd favorito de música positiva y relajante y me dispongo a salir del estacionamiento del edificio.

Avanzo un poco, pero no puedo salir tan fácilmente. Hay un carro bloqueando parcialmente la salida. Resulta que Fifi Marie Quelquerino tiene una exposición de arte en el local de enfrente, y todos sus amigos, quienes manejan camionetas en cuyos maleteros mi carro cabe perfectamente, han venido a verla. Y en un acto de deleite y diversión para todos los vecinos se han estacionado donde mejor les ha parecido.
Qué suerte que mi carro es pequeño, así que logro maniobrar y salir de mi edificio. Subo el nivel del aire acondicionado del 1 al 2. Manejo diez metros y veo un semáforo. Pero no logro ver si la luz es roja o verde, ¿será que la vista ya no me da? A medida de que me voy acercando me doy cuenta de que el semáforo está apagado. Llego al cruce, estiro un poco el cuello para poder calcular el momento ideal para avanzar y poder cruzar a la derecha.

Por ahora voy bien encaminada hacia mi destino, pero resulta que estoy en el carril extremo derecho, y yo necesito cruzarme hacia el carril extremo izquierdo antes de llegar al semáforo. La única manera que en que he logrado hacer esto es meterme, de mis cuatro llantas, poco a poco entre los carriles. Los pitos, gritos y maldiciones que pudieran ser dirigidos hacia mi persona no los escucho, porque yo ya estoy escuchando Aerosmith a todo volumen, y tengo el aire acondicionado en el nivel 3. Logro cruzar los cuatro paños, y llegar al semáforo que está en verde. Acelero para que no me agarre la luz roja, pero cuando estoy a punto de llegar, veo a un policía de tránsito haciendo la señal de "deténgase". Y ahora a quién le hago caso ¿a lo que me indica el semáforo o a lo que me indica el policía bajo el semáforo?

Los semáforos no pueden ponerme boletas, los policías sí; así que me detengo y espero a que me indique a avanzar. Once minutos y cinco canciones de Lady Gaga después, cuando ya la fila detrás de mí probablemente llega hasta Colón, el policía da la señal de seguir.

Sigo, ya con el aire acondicionado a su máximo nivel, y me encuentro otro juego de semáforos. Veo que algunos son amarillos y viejos, y otros negros y nuevos, pero todos tienen la luz amarilla parpadeando. Seguramente aún no funcionan, pienso. Así que sigo con el pie en el acelerador, hasta que a pocos segundos de llegar al cruce, veo que súbitamente la luz amarilla del semáforo viejo deja de parpadear y cambia a roja. Así que con esa misma rapidez con que la luz cambio, empujo hasta el fondo el pedal del freno, mientras elevo una oración al cielo y pido no causarle daños ni físicos ni materiales a nadie. Afortunadamente mi carro está en excelentes condiciones, así que el carro frena, no sin que se caigan al piso todos los chécheres que llevo en el asiento del copiloto (incluyendo mi almuerzo).

Mientras me agacho a arreglar los regueros del carro y espero a que la luz cambie a verde, me pregunto si será un reto muy grande para la ATTT mantener apagados los semáforos "inteligentes" en los cruces donde son los semáforos antiguos los que siguen funcionando. Arreglo todo, me incorporo, y es entonces cuando percibo, con horror, que hay un tipo extraño y desconocido pegado como mosca al vidrio de mi ventana.

El enérgico y desgarrador grito que doy logra escucharse aún por encima de los pitos de los demás carros, a cuyos conductores no les importa si me está pasando algo, sino que avance rápido porque ya la luz cambió a verde.

El desconocido—quien resultó ser un vendedor de fajas azules para rebajar la barriga—al ver mi cara de horror y espanto se despega de mi vidrio, se hace hacia atrás, y me grita: ¡Ooommmbe pues! ¿!Acaso tú sí 'tás muy bonita!?

Me trago mis ganas de mandar al vendedor liso y atrevido a que se meta sus fajas por donde mejor le quepan, y acelero. La forma de su cara se ha quedado plasmada en el vidrio del carro. Pienso que es algún tipo de ilusión óptica debida al susto que pase, pero observo con detenimiento y me doy cuenta de que el sudor y grasa de su rostro se traspasaron a mi vidrio. Decido tomarlo como un recordatorio de que debo estar más atenta al manejar.

En este tira y jala de semáforos inteligentes y tontos y sustos gratis sigo manejando hacia mi destino. Son tantos que pareciera que venían gratis en las cajas de corn flakes, pero seguramente serán la bendición de todos los vendedores ambulantes de Panamá. Así que decido "charcotear" por las calles secundarias.

Me siento feliz con mi decisión de evitar tanta "semaforadera", policías de tránsito, buses, taxis y limpia ventanas, hasta que me doy cuenta de que la calle está totalmente bloqueada por el camión de la basura. Así es, la basura se recoge en esta ciudad… en horas no adecuadas. Y es por ello que en lugar de ahorrar algo de tiempo, demoré 20 minutos extras haciendo la ruta detrás del camión hasta que finalmente llegue a mi destino. Todo por ser tan ilusa y creer que había alguna forma de salir airosa de tan desquiciado escenario como lo es el tráfico panameño.

En resumen, manejar en Panamá no es una acción, es una planeación estratégica de movilidad, una proeza. Manejar en esta ciudad es un acto de fe—fe en el Señor de que no te pasará nada y llegarás a donde tienes que ir... y encontrarás en donde estacionarte.